En un contexto donde la transformación digital avanza con fuerza, resulta clave reflexionar sobre cómo este proceso ha cambiado la forma en que aprendemos, trabajamos y nos vinculamos. Hoy, las plataformas en línea, la inteligencia artificial y los ecosistemas interconectados han ampliado las posibilidades de acceso al conocimiento y a la salud, llevándolo más allá de la presencialidad y los límites físicos.
Estos avances tecnológicos nos invitan a replantearnos cómo construimos valor desde un activo estratégico indispensable, aquel que permite que la tecnología transforme realmente la forma en que cuidamos, gestionamos y diseñamos soluciones significativas que respondan a las necesidades de las personas.
La Organización Mundial de la Salud ha reconocido que las tecnologías de la información y comunicación son determinantes para el futuro de la salud global y constituyen un componente indispensable para la transformación digital del sector y el aumento de la cobertura sanitaria universal. La salud digital se convierte, entonces, en el espacio donde se manifiesta la integración —o la falta de integración— entre ambos componentes, pues es allí donde la tecnología se traduce en acceso, continuidad del cuidado y mejora de la experiencia sanitaria.
Sin embargo, la salud digital solo cumple este rol cuando es accesible, comprensible y significativa para quienes la utilizan. Una herramienta difícil de usar o que exige más esfuerzo que beneficio no solo no contribuye, sino que genera desgaste y resistencia. Por eso, no basta solo con disponibilidad de plataformas: es indispensable que funcione donde el territorio impone barreras y donde la tecnología puede, por fin, derribarlas.
Desde esta perspectiva, la transformación digital no es un fin en sí mismo, sino un motor estratégico para ampliar el acceso, fortalecer la equidad y mejorar la capacidad de respuesta del sistema de salud. Pero para que ese potencial se traduzca en valor y no en brecha, estos avances deben ir acompañados de una mirada orientada a minimizar la brecha digital, aún presente en desafíos como la conectividad rural, la disponibilidad de dispositivos, las diferencias generacionales en el uso de tecnologías y el diseño de plataformas que no siempre dialogan con la realidad de los equipos de salud y de las personas.
En Chile, esta conversación es aún más relevante considerando que el 85% de la población son usuarios del sistema público de salud, el cual aún presenta brechas territoriales, de conectividad, de adopción de tecnologías y determinantes sociales que afectan directamente el acceso oportuno. En este marco, el derecho a la salud, entendido como un Derecho Humano fundamental, no se limita solo a garantizar servicios, sino asegurar las condiciones que permitan empoderar a las personas para que ellas puedan participar plenamente en un sistema que se transforma digitalmente.
La dimensión territorial vuelve aún más evidente esta necesidad. Cerca del 12% de la población chilena vive en zonas rurales, pero la ruralidad no debe entenderse solo como un porcentaje, sino como la realidad cotidiana de personas que pueden tardar horas, e incluso días, en desplazarse para llegar a un centro asistencial, comunidades que dependen de postas aisladas, caminos que se interrumpen y condiciones climáticas que retrasan o impiden una atención. Esta realidad se profundiza en los territorios más rezagados, donde la limitada disponibilidad de servicios públicos y de profesionales de la salud generan inequidades persistentes. En estos lugares, la salud digital se convierte en una puerta de entrada —a veces la única— para acceder a cuidados oportunos, permitiendo llegar donde antes no llegábamos y contribuyendo a reducir brechas históricas que han afectado especialmente a quienes viven más aislados y con menos recursos.
El futuro de la transformación digital requiere mucho más que tecnología, exige propósito, estrategia y liderazgos capaces de articular a los colectivos relevantes, gestionar resistencias y construir capacidades que orienten la visión y aseguren una habilitación sostenible y escalable del sistema. De igual modo, toda transformación será efectiva solo si avanza en alfabetización digital en salud, porque es esta la que garantiza que las personas puedan comprender, utilizar y beneficiarse realmente de las herramientas digitales disponibles. La alfabetización digital permite que las personas ejerzan autonomía, tomen decisiones informadas y participen activamente en un entorno sanitario que se digitaliza. Esto implica crear espacios y condiciones reales de participación, reconociendo la diversidad cultural, territorial y social del país, de modo que la transformación y la alfabetización digital avancen de manera integrada y articulada.
La tecnología, por sí sola, no resuelve los desafíos del sistema; es su integración en los procesos de atención, su uso significativo por parte de los equipos y su adopción por las comunidades lo que permite generar cambios reales y habilitar nuevas formas de acompañar a las personas. Pero este camino exige un principio ineludible: poner a las personas en el centro desde el inicio del diseño de cada solución o desarrollo. Solo así la tecnología agrega valor, no solo por las herramientas que incorpora, sino por cómo transforma y mejora la vida de quienes necesitan una salud pública de calidad, más justa, equitativa, y humanizada.
En definitiva, la tecnología no es un fin, sino un medio. Y, bien implementada, tiene el poder de lograr algo profundamente transformador: garantizar que el lugar donde se nace no determine la atención de salud que se recibe.
